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Capítulo 8. La bicicleta

El director gerente de la empresa , empresa que contaba entre sus trabajadores con su propietario, con su esposa Joaquina, que acudía a veces a echar una mano; con su hijo mayor, Eliseo, el cual no había querido continuar estudiando; con su hija Consuelo, encargada de la administración y del papeleo; y con sus dos ayudantes ocasionales llamados José y Camilo, el director gerente iba consiguiendo sacar a su familia adelante, siempre con mucho trabajo. Había comenzado a trabajar como electricista a los 9 años, y ahora estaba ya establecido como autónomo. Incluso había logrado comprarse una , primer vehículo de tracción motorizada que existió en la calle en que vivía. Con aquel artilugio, fruto glorioso del fin de la autarquía, se desplazaba por Alcoy e incluso por los pueblos vecinos para hacerse cargo de cualquier tipo de faena. Lo mismo arreglaba un enchufe casero que organizaba la instalación eléctrica de un nuevo edificio de cinco plantas, o acudía a una fábrica a reparar la máquina ...

Capítulo 9. Lágrimas y sonrisas

En el colegio de los Salesianos empezó una rutina nueva, decisiva y apasionante. Después de los cuatro años de parvulario y durante los cuatro años de mi Bachillerato Elemental ocurrieron tantas cosas que sería imposible incluso resumirlas. También dentro de la familia fueron sucediendo durante ese mismo tiempo muchos acontecimientos: la boda de mi hermana Consuelo, la decisión de mi hermano de estudiar ingeniería, cosa que a pesar de los sacrificios económicos que eso significaba para mi familia, porque había de trasladarse a Tarrasa, fue recibida con alegría para todos, especialmente por mi padre, orgulloso de que un hijo suyo fuera abriéndose camino; la compra de un coche; mejores medios de vida para todos... Y yo acudiendo cada mañana, a pie como siempre, al centro de la ciudad para asistir a las clases, encontrando nuevos amigos y más amplios horizontes. Luces y sombras, lagrimas y risas, abulias y pasiones... Casi todos los profesores eran curas y todavía me acuerdo muy bien de e...

Capítulo 10. El campeón de tango

Fuimos llegando en tropel a la mesa, pero la mesa, pronto se quedó pequeña y hubo que traer otras dos más. Formábamos una legión. Era el primer año que veraneábamos realmente, mi padre había decidido tirar la casa por la ventana: cerró el taller y nos llevó a todos a Altea, junto al mar. Debía ser el año 1960, cuando ya las playas españolas empezaban a llenarse de multitudes de toda Europa. Ese hecho empujaba también a los españoles a disfrutar de los paisajes de la propia patria: hasta entonces, solo los más potentados aprovechaban el descanso anual para salir de casa, quizás solo aquellos que descansaban más que trabajaban . Los trabajadores como mi padre ni siquiera se tomaban vacaciones. Aquella fue la primera vez. Yo había acabado con éxito y muchos sudores mi riválida, mis hermanos mayores tenían sus vidas prácticamente organizadas, todo iba sobre ruedas. Y mi padre había mostrado una vez más su generosidad y había invitado también a algunos primos míos. En realidad, el apartamen...

Capítulo 11. Música de barrio

En la radio estaban cambiando mucho las cosas. De pronto, Antonio Molina solo cantaba un par de veces al día y Joselito no más de cuatro. Incluso los locutores hablaban de ellos con una voz difuminada, como si estuvieran acercándose al olvido. A mi comenzaba a cansarme Joselito, un poco monótono, siempre con la misma copla. Desde Madrid, Raúl Matas emitía un programa titulado Discomanía que yo procuraba no perderme. Aparecían allí canciones que tenían muy poco que ver con lo oído hasta entonces. El “Dúo Dinámico” no solo continuaba con las melodías italianas que los habían hecho famosos, Gondolier, Come prima, Buona sera, sino que hablaban en las entrevistas del swing, un concepto que en Alcoy resultaba un poco raro, pero sonaba bien, y muy pronto se convirtió en una plaga aquello de Quince años tiene mi amor, dulce y tierna como una flor...También yo tenía quince o dieciséis años por entonces y lo de la pierna empezaba a causarme escalofríos. ¿Se podía decir aquello en una canción? Pe...

Capítulo 12. Las dos novias

-No es bueno que trabajes tanto, Camilo -Si no es tanto, madre. Me gusta. -Pero estás muchas horas. Estoy ganando dinero. Y me gusta. Tengo que prepararme. La señora Joaquina miraba por encima del hombro, me tocaba suavemente los brazos, movía la cabeza. Sobre la mesa camilla de mi habitación tenía extendidas algunas láminas de papel blanco que iba llenando de pintura. En una esquina, el caballete estaba preparado con un pequeño lienzo todavía intocado. Al fondo, la radio continuaba tendiéndome su poderosa tentación. No era ya la misma casa. Casada ya mi hermana Chelo, se había quedado a vivir en la casita del barrio de santa Rosa y nosotros nos habíamos mudado a un piso cercano al taller de mi padre. Disponía en él de una habitación para mí solo y allí trabajaba. Como si repentinamente me hubiera dado una enfermedad, estaba obsesionado por pintar y por aprender. Paco Esplugues había terminado por convencerme y me matriculé en una llamada Academia de Bellas Artes, situada en el Institu...

Capítulo 13. Bodas y banquetes

“El tiempo solo se calcula por la felicidad o por el dolor”, escribió Dumas. A mí me había asignado la primera de las medidas. Tal vez había soplado a mi alrededor la tragedia, sin duda a mi lado había mucha gente que no era feliz, pero esa misma dicha personal me embotaba los sentidos, me adormecía un poco respecto a lo que sucedía a mi alrededor. Es una lucha que he tenido siempre conmigo mismo. Ya he contado de qué medios me valgo para aplacar los excesos de euforia cuando regreso a la soledad de mi casa. He tardado quizá demasiado, afanado por tantas cosas, en darme cuenta de esa respiración pestilente de la maldad, de la desdicha, del miedo. Eso también que intente revisar el tiempo pasado. Entonces se trataba tan solo de una cuestión de supervivencia. Remigio y yo decidimos iniciar el camino. En los periódicos, ocasionalmente, y con frecuencia en la radio, empezaban a comunicarse pequeñas historias, extrañas anécdotas de muchachos tan jóvenes como nosotros que habían logrado ser ...

Capítulo 14. Los Dayson en la cumbre

No nos causaba desánimo e inquietud el hecho de que Los Dayson fueran un grupo más de los veinte mil que intentaban circular por España, ni siquiera el que no tuviéramos la apetecida oportunidad de presentarnos en el Circo Price. Sobre todo porque empezábamos ya a dominar el panorama, es decir, a hacernos un hueco en nuestro territorio. La lucha con Los Cinco Joes era la muerte. Si exteriormente se manifestaba en el número de niñas que cada grupo arrastraba a la Glorieta o a las bodas y banquetes, en el mecanismo íntimo y secreto de cada uno la batalla tenía otras reglas. Lo importante era saber interpretar las canciones más nuevas, más llamativas, a ser posible en inglés; saber vestirse con mayor personalidad; poseer los instrumentos mejores (guitarras y baterías); recibir más saludos en los paseos de la calle de San Lorenzo. Nuestro equipo técnico se iba incrementando a medida que ganábamos dinero. No nos quejábamos en ese sentido. Si los grandes divos del Price cobraban tres mil qui...